El lector era Eratóstenes de Cirene, director de la biblioteca de Alejandría y hombre de vasta formación en matemáticas, astronomía, geografía e historia. Comprobó que, en esa misma fecha y a la misma hora, en Alejandría los objetos verticales sí proyectaban sombra. Sorprendido por la diferencia, decidió buscar una explicación.
Los mapas de la época situaban a Siena (Asuán) en el trópico de Cáncer, al sur de Alejandría y sobre el mismo meridiano. Aunque en realidad había tres grados de diferencia entre la longitud de ambas ciudades, era un valor lo bastante pequeño como para que esté justificado ignorarlo sin afectar a los resultados.
Eratóstenes razonó que, si los rayos del Sol entraban en el pozo, deberían incidir perpendicularmente a su superficie. También asumió que, dada la enorme distancia al Sol, esos rayos llegaban paralelos. ¿Por qué, entonces, al mediodía del solsticio de verano los objetos no proyectan sombra en Siena y sí en Alejandría? Intuyó que la respuesta estaba en la curvatura de la Tierra y decidió medir la longitud de su circunferencia.